Por: Renata Sponer*
El cambio climático no es un problema – el cambio climático es uno de muchos síntomas de una metacrisis: una crisis que emana del sistema.
Los síntomas de la metacrisis – la creciente desigualdad social, el aumento del costo de la canasta básica, la corrupción, el genocidio y las guerras, la migración, el cambio climático – todas están relacionadas entre sí y en constante interacción. En lo que respecta a la naturaleza, el mecanismo subyacente es el sobregiro ecológico, impulsado por un sistema de crecimiento canceroso, es decir la sobreexplotación generalizada y crónica – cuando usamos más de lo que la biosfera logra regenerar y producimos más desechos de lo que puede reciclar. Esto lleva al agotamiento y a la contaminación de los territorios, de modo que la capacidad de la naturaleza para sustentar la vida se reduce progresivamente.
Es por ello que debemos adoptar el concepto integral de crisis o emergencia climática y ecológica. Si consideramos el cambio climático como un problema aislado, corremos el riesgo de querer encontrarle “soluciones” con un enfoque muy reducido, y terminar agravando la situación. Cuanto más nos enfocamos en el cambio climático, sin abordar sus causas, más contribuimos al sobregiro ecológico y menos resolvemos el problema climático.
De bienes irremplazables y el excepcionalismo humano
Nuestra sociedad y economía dependen fundamentalmente de la naturaleza que proporciona elementos esenciales e irreemplazables como alimentos, agua, energía, materias primas y la regulación del clima, que deben protegerse, porque no pueden ser sustituidos por la tecnología cuando desaparecen.
El planeta es de una complejidad misteriosa, producto de más de 4 mil millones de años de evolución, con una infinidad de procesos locales, regionales y globales, todos interconectados y relacionados – incluidos nuestras mentes y cuerpos. Nuestras nociones de la realidad, condicionadas por el entorno, nuestras experiencias y nuestra educación, no se corresponden con la realidad física, sino más bien con un imaginario colectivo en evolución que, debido a la violenta imposición colonial de la mentalidad occidental, se caracteriza cada vez más por un “excepcionalísmo humano”, la noción de que Homo sapiens tiene un estatus excepcional y superior que escapa a las leyes de la naturaleza.

Las actividades humanas en su conjunto (reconociendo una enorme disparidad en las responsabilidades entre países, clases sociales y etnias) han causado el desmoronamiento de la naturaleza, especialmente desde la Revolución Industrial. Nuestros sistemas económicos de los últimos siglos, particularmente el capitalismo, desde la segunda guerra mundial, han sido fundamentalmente incompatibles con el concepto de la sostenibilidad ambiental, social y económica porque están desconectados de la realidad física de la naturaleza de la cual dependen.
Como consecuencia de lo anterior y a pesar de más de siete décadas de negociaciones globales para controlar el cambio climático y la destrucción de la biosfera, todos los indicadores siguen empeorando de manera acelerada. La ciencia y los pueblos conocedores indican que el planeta está pasando por cambios importantes y alarmantes en casi todos los aspectos biológicos y geofísicos, poniendo en real peligro la integridad del clima y de los ecosistemas que hacen posible el funcionamiento de las sociedades humanas.
Riesgos inaceptables
Los riesgos que la crisis climática y ecológica conlleva son tan complejos, existenciales y urgentes, que, conociéndolos, ninguna persona en su sano juicio los aceptaría. Sin embargo, la ciencia no ha contado con una plataforma y estrategia adecuadas para poder competir con las narrativas de las campañas multimillonarias de desinformación.
Los actuales compromisos nacionales de todos los países en materia de acción climática tienen como resultado el aumento de 3°C o más, en las próximas décadas, lo que, según la ciencia, podría resultar en 2-4 mil millones de muertes (entiéndase, la mitad de la población global actual), la reducción del PIB a la mitad, la activación de un gran número de puntos de inflexión climática y ecológica, el colapso de servicios ecosistémicos y la extinción de la mitad de las especies existentes. Además, graves afectaciones a la circulación oceánica que podría dejar a Panamá con un régimen climático totalmente alterado, una grave fragmentación sociopolítica en muchas regiones, la pérdida de importantes regiones costeras por el aumento del nivel del mar, la migración forzada por estrés térmico e hídrico de miles de millones de personas y eventos catastróficos de mortalidad por enfermedad, nutrición, sed y conflicto, entre otros. Este pronóstico no es alarmista – es realista en un escenario sin acciones radicales urgentes de decrecimiento y descarbonización. Es el resultado de un reciente estudio en el que el organismo regulador de los actuarios del Reino Unido aplicó su experiencia en gestión de riesgos, para evaluar los impactos climáticos en colaboración con un grupo de científicos del sistema terrestre.
¿Adaptación y resiliencia para quién?
Por más apocalíptico y chocante que nos parezca, estos son los riesgos que enfrentamos, evidenciados en un sinfín de estudios científicos basados en tecnologías cada vez más avanzadas y sintetizados en los informes del panel intergubernamental de cambio climático (IPCC). Ante ese escenario, la cínica decisión de nuestros gobiernos, de redoblar la apuesta a un modelo que “no solo” está destruyendo la naturaleza, sino también la economía que intentan salvar, resulta perversa. Proyectos como la reapertura de la mina de Donoso, las represas en el río Indio, la expansión portuaria y de gaseoductos, la extracción de combustibles fósiles y la interconexión eléctrica, cuyos beneficios, factibilidad y rentabilidad en el contexto de los riesgos arriba mencionados no han sido demostrados, siguen la misma lógica que es la causante del colapso climático al que intentamos adaptarnos.
Así lo indica la ciencia de gestión de riesgo, la misma que los actuarios aplican en empresas de seguros y fondos de inversión, no precisamente un grupo de comunistas, como suelen tildar a todo crítico del sistema. Estas propuestas de “adaptación al cambio climático y de transición” agravan la crisis climática y ecológica, a la vez que reducen la resiliencia de la naturaleza y de las poblaciones que allí habitan.

Muchas de las medidas necesarias para abordar la crisis climática y ecológica no son rentables bajo la lógica de la economía convencional y van en contra de intereses económicos poderosos, pero son existenciales y de interés común, por lo que deben ser parte de una política pública coherente.
Tal como la gestión de riesgo permite a los actuarios analizar los riesgos financieros para garantizar la solvencia y continuidad de una institución, así mismo deben los estados aplicar esta metodología basada en los conceptos de la precaución y prevención, en función de las necesidades prioritarias y existenciales de la población, a corto, mediano y largo plazo, para que los responsables de la toma de decisiones puedan adoptar medidas coherentes y necesarias para asegurar la sostenibilidad de las políticas que promueven y para evitar impactos graves, irreversibles, o catastróficos.
Nuestra vulnerabilidad está aumentando exponencialmente como resultado de la decisión de las personas en posiciones de poder, de seguir el juego en vez de actuar en consecuencia con la emergencia.
Señor presidente, el IPCC ha sido enfático en declarar que “la ventana para preservar un planeta habitable está rápidamente cerrando y que para lograr un mundo sostenible con un clima resiliente, es indispensable hacer cambios en cómo la sociedad funciona, incluyendo a los valores, las cosmovisiones, ideologías, la estructura social, el sistema político y el económico y las relaciones de poder”.
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*Renate Sponer es bióloga e integrante del Colectivo YA ES YA y Rebelión Científica
Artículo publicado en la página de Pensamiento Social, en la edición del 5 de octubre 2025 de La Estrella de Panamá.

